La nueva agresión armada contra Gaza, denominada “Margen Protector”, se encuentra en pleno desarrollo por parte del Estado fascista de Israel con ataques aéreos y artillería contra el territorio... Ver más
Sobre la guerra actual y sus perspectivas
La guerra en Medio Oriente expone la crisis del orden basado en el petrodólar y avizora una transición del sistema capitalista mundial: ¿Hacia dónde?
La confrontación actual en Medio Oriente, que tiene como protagonistas a Irán, Estados Unidos e Israel, no puede ser abordada como un conflicto aislado. La misma constituye una expresión concreta y necesaria de las contradicciones inherentes al imperialismo.
Desde una perspectiva marxista-leninista, las guerras contemporáneas no se explican por factores meramente ideológicos o culturales, sino que responden a la lucha por el control de los recursos estratégicos, la disputa por los mercados y la imposición de los mecanismos de acumulación a escala global. En este sentido, el conflicto actual se inscribe en una crisis de mayor envergadura: la del sistema internacional erigido en torno al dólar, el petróleo y la hegemonía yanqui tras la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods en 1971 por parte de EEUU, luego de la derrota en la guerra de Vietnam y la bancarrota consecuente.
Los acuerdos de Bretton Woods (1944) habían consagrado el régimen de dominación financiera norteamericana de posguerra mediante un sistema monetario internacional que ancló todas las monedas de occidente al patrón dólar y este último al oro, además de crear el FMI y el Banco Mundial para estabilizar la economía mundial, fomentar el comercio y reconstruir la infraestructura productiva. Tras el abandono unilateral del patrón oro por parte Richard Nixon en 1971, EEUU logró reconstruir su hegemonía monetaria y financiera mediante un nuevo mecanismo pactado con Arabia Saudita: el del sistema del basado en el “petrodólar”.
Dicho sistema descansó sobre tres pilares fundamentales: la denominación del comercio mundial de petróleo en dólares estadounidenses, el reciclaje de los excedentes financieros petroleros producto de la venta del petróleo hacia la compra de deuda norteamericana (bonos del tesoro de EEUU), y la garantía militar del orden energético global como pilar último de dicho esquema, fundamentalmente con la instalación de bases militares en el Golfo Pérsico, que tuvo a Israel como base principal.
Hoy las dimensiones estructurales de este sistema resultan elocuentes:
-. La producción mundial de unos 96 millones de barriles diarios.
-. Un valor anual del mercado petrolero de USD 3 billones.
-. Un 80% del comercio petrolero global realizado en dólares.
-. Alrededor del 57% de las reservas internacionales cifradas en dólares.
-. Un 88% de las transacciones cambiarias mundiales establecida en dólares.
Esto evidencia que el dólar no es una simple moneda, sino un instrumento de dominación estructural del capitalismo global.
En este contexto el control de Medio Oriente ha sido históricamente un pilar central para la reproducción del capital a escala mundial. La región concentra más del 48% de las reservas probadas de petróleo, una porción significativa del gas natural global y rutas marítimas estratégicas, como el Estrecho de Ormuz, situado entre Irán, Oman y los Emiratos Árabes Unidos en el Golfo Pérsico, y el estrecho de Bab el-Mandeb, ubicado entre Yemen, Yibuti y Eritrea en el Mar Rojo, por donde transita buena parte del petróleo mundial.
Estas características convierten a la región en un punto neurálgico para el control de la producción y circulación energética y, lógicamente, en un espacio de disputa interimperialista, donde la abrumadora presencia militar estadounidense -con más de 40.000 efectivos permanentes y más de 20 bases en la región- no obedece a razones defensivas sino a la necesidad imperiosa de garantizar las condiciones de reproducción del sistema del petrodólar que asegura el dominio financiero yanqui a escala global.
En este escenario el papel de Israel debe ser comprendido dentro de esta arquitectura de dominación. Más allá de sus particularidades históricas, Israel opera como un enclave militar avanzado, un garante del equilibrio regional favorable al capital occidental y un actor clave en la contención de las fuerzas que desafían el orden imperial.
El conflicto con el pueblo palestino -expresado de manera brutal en territorios como Gaza y Cisjordania- resulta inseparable de esta función estructural. Desde esta perspectiva, la cuestión palestina no es únicamente un conflicto nacional ni un proyecto de emprendedores inmobiliarios, sino una manifestación de la contradicción fundamental entre la dominación imperialista y el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Un lujo que EEUU no puede permitirse.
Y es frente a este orden que la Revolución Iraní de 1979 vino a marcar un hito en la arquitectura regional al permitir que Irán dejara de ser un aliado subordinado de Occidente -principalmente de Inglaterra y EEUU- para convertirse en un actor que cuestionó la vieja hegemonía e impulsó mecanismos alternativos de comercio energético, estableciendo alianzas estratégicas con potencias emergentes como China, Rusia e India.
A pesar del asfixiante régimen de sanciones y de la actual guerra, Irán sostiene una producción de entre 3 y 4 millones de barriles diarios, mantiene un control geográfico estratégico sobre el Golfo Pérsico y posee una capacidad de influencia determinante sobre las rutas energéticas globales, todo lo cual lo erigen en un obstáculo objetivo para la plena reproducción del orden imperialista en la región.
Crisis de la hegemonía yanqui
Desde comienzos del siglo XXI, el orden internacional ha experimentado transformaciones profundas que erosionaron los cimientos del orden unipolar norteamericano (surgido tras la caída de la Unión Soviética), como el ascenso económico de China, el reposicionamiento político de Rusia y la expansión del bloque de los BRICS.
Los datos estructurales reflejan este cambio en la correlación de fuerzas:
-. El BRICS ampliado (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia) representa entre el 32% y el 35% del PBI mundial.
-. China se ha consolidado como el principal exportador global.
-. Las reservas internacionales de China superan los USD 3 billones.
-. El crecimiento de las monedas no dolarizadas en el comercio mundial es un proceso sostenido.
Este fenómeno marca una tendencia a la multipolaridad que necesariamente entra en contradicción frontal con la estructura unipolar heredada del siglo XX. Teniendo en cuenta dicha contradicción, podemos afirmar que la actual guerra no debe ser entendida como una anomalía del sistema, sino como un componente necesario que cumple funciones específicas, como la reconfiguración de los mercados, la destrucción del capital excedente y la redefinición de las relaciones de poder entre los estados centrales.
A partir de aquí la confrontación actual puede interpretarse como un intento por reestablecer condiciones favorables para la acumulación, disciplinar a los actores disidentes y preservar la centralidad del dólar en el sistema global. Sin embargo, estos procesos son inherentemente contradictorios y, eventualmente, podrían desencadenar consecuencias imprevistas que, paradójicamente, aceleren la crisis que pretenden resolver.
La guerra en Irán presenta características que la elevan a una dimensión global, con potenciales efectos en cadena, como el impacto energético con riesgo cierto de interrupción del tránsito por el Estrecho de Ormuz y la posibilidad de un shock petrolero de magnitud, un impacto financiero con profundización del debilitamiento del petrodólar y aceleración de la búsqueda e implementación de monedas alternativas para el comercio energético y, finalmente, un impacto político de la propia guerra con riesgo de una escalada regional incontrolada con un involucramiento indirecto, pero creciente, del resto de las grandes potencias. Elementos que convierten al actual conflicto en un potencial punto de inflexión histórica.
La transición hacia un nuevo orden mundial
El orden internacional se encuentra ante una encrucijada, pudiendo evolucionar hacia distintos escenarios, como la continuidad de la hegemonía del dólar -aunque con un poder erosionado-, la conformación de un sistema bipolar (dólar - yuan), o la emergencia de un orden multipolar fragmentado. Desde una perspectiva marxista, esta transición refleja la crisis terminal de un ciclo de acumulación y el surgimiento de nuevas configuraciones del capital global, asociadas al ascenso de nuevos polos de poder.
Por dicho motivo el conflicto actual no debe ser entendido como un accidente o una interrupción de la normalidad, sino como una manifestación aguda de las contradicciones estructurales del capitalismo contemporáneo.
El sistema del petrodólar, que durante décadas sostuvo la hegemonía estadounidense, enfrenta hoy presiones que amenazan su reproducción. La combinación de la crisis energética, la transformación del orden monetario internacional y el ascenso de nuevas potencias indica que el orden mundial se encuentra inmerso en una fase de transición crítica.
Desde nuestra perspectiva, este proceso no resultará lineal ni pacífico. Las guerras son parte constitutiva de la dinámica del capitalismo en su fase imperialista. En este marco, el conflicto en Medio Oriente puede convertirse en uno de los acontecimientos que definan la configuración del sistema mundial en las próximas décadas. Por eso señalamos que no se trata sólo de una guerra regional, sino de un episodio central en una disputa más amplia: la que enfrenta a un orden en declive con las fuerzas que emergen en el nuevo escenario global, sin que esto signifique el fin del capitalismo ni mucho menos.
Esto nos lleva necesariamente a indagar en qué medida este escenario de guerras puede abrir condiciones favorables para transformaciones revolucionarias, sobre todo a la luz de la beligerancia imperialista en Latinoamérica y el Caribe que tornan difícil imaginar un clima favorable. Aun así, históricamente las grandes crisis del capitalismo han generado condiciones para procesos revolucionarios y ésta no debiera ser la excepción.
Tanto el conflicto en Ucrania como la escalada en torno a Irán pueden interpretarse como manifestaciones de contradicciones estructurales del capitalismo a nivel global, como la disputa por recursos estratégicos (energía, rutas comerciales), competencia entre potencias, crisis de acumulación y sobreacumulación de capital, tensiones en el sistema monetario internacional, etc.
Un breve repaso de diferentes escenarios de crisis con componentes bélicos da cuenta de cómo estos precedieron de manera “impensada” procesos revolucionarios trascendentales. Por caso:
-. La Primera Guerra Mundial (1914 a 1918) antecedió a la Revolución Rusa. Tras el triunfo bolchevique y con el final de la guerra, se produjeron insurrecciones en distintos puntos de Europa e incluso tuvo lugar la Revolución Húngara de 1919.
-. La crisis de 1929 que precedió el ascenso de distintos movimientos. En El Salvador el levantamiento campesino de 1932 permitió al Partido Comunista liderado por Farabundo Martí organizar una insurrección indígena y campesina; el mismo año en Chile se proclamó la República Socialista tras la crisis en la minería del salitre y el cobre; la crisis del café llevó a la Revolución de 1930 en Brasil y la Revolución de 1933 en Cuba fue generada por la devastación de la industria azucarera; en EEUU, la desocupación derivada de la caída de Wall Street derivó en mayor nivel de influencia del Partido Comunista organizando a los desempleados, luchando contra los desalojos y fundando sindicatos industriales bajo la consigna del "frente unido desde abajo”. También son de aquellos años los Sóviets de Vietnam (1930-1931) que posibilitaron al Partido Comunista organizar levantamientos campesinos contra el dominio francés en las provincias de Nghe An y Ha Tinh.
-. Tras la Segunda Guerra Mundial, la derrota de la Alemania nazi permitió la instauración de regímenes revolucionarios en Europa central y oriental -a menudo denominados "democracias populares"- bajo la esfera de influencia de la Unión Soviética en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Albania que luego transitaron a Estados socialistas integrados en el Pacto de Varsovia, la conformación de la República Democrática Alemana (RDA), en 1949, la constitución de la Federación Yugoslava (1945) tras la guerra partisana, y la Guerra Civil Griega (1946-1949) liderada por el Ejército Democrático de Grecia. En Asia, la derrota de Japón fue precedida por el triunfo de la Revolución China (1945-1949), la conformación de la República Popular Democrática de Corea bajo el liderazgo de Kim Il-sung (1945-1948) con apoyo soviético, la independencia de la República Democrática de Vietnam en 1945 proclamada por Ho Chi Minh -lo que dio inicio a una larga guerra revolucionaria contra el colonialismo francés y luego norteamericano-, y diferentes insurrecciones en el Sudeste Asiático, como en Malasia, Birmania y Filipinas que buscaban transformar las luchas anticoloniales en procesos de liberación y conformación de repúblicas socialistas, y un largo etcétera.
La lógica estos procesos resulta clara: las guerras destruyen la riqueza económica y la estabilidad política, generan crisis sociales profundas, debilitan a las clases dominantes y aumentan la conflictividad social. Sin embargo, aun así, esto no garantiza una salida revolucionaria a la crisis.
Desde un enfoque marxista-leninista no basta con crisis objetivas. Se requieren condiciones subjetivas y organizativas que Lenin identificaba a partir de tres elementos clásicos:
1.- Crisis de las clases dominantes (no pueden gobernar como antes)
2.- Empobrecimiento y movilización de las masas (no quieren vivir como antes)
3.- Existencia de una organización política revolucionaria capaz de conducir el proceso
Actualmente, aunque existen elementos acordes a la primera condición y parcialmente a la segunda, la existencia de una vanguardia revolucionaria resulta mucho más débil a escala local y global.
Efectivamente, el contexto actual presenta diferencias importantes respecto de las condiciones que permitieron revoluciones en el pasado, como la fragmentación del proceso productivo y del proletariado, haciendo que la clase trabajadora sea heterogénea y esté más dispersa y precarizada.
Simultáneamente se evidencia un debilitamiento de las organizaciones revolucionarias. De hecho, a diferencia del pasado, no existe un equivalente global, una “internacional”, de los partidos comunistas con capacidad de dirección estratégica como en los siglos XIX y XX.
Como contrapartida, se evidencia una integración global del capitalismo haciendo que el sistema sea más interdependiente, lo que dificulta la posibilidad de rupturas aisladas (lo que Lenin denominó eslabón débil en la cadena de dominación). Esto resulta evidenciable en las siguientes esferas:
-. El comercio internacional. Según datos del Banco Mundial y la OMC, la relación entre el comercio mundial y el PIB global pasó de alrededor del 25 % en 1960 a más del 60 % en la década de 2010 (antes de las tensiones recientes).
-. Las cadenas globales de valor (CGV). La OCDE estima que más del 70 % del comercio internacional involucra CGV, donde un producto cruza varias fronteras antes de su finalización, lo que crea una interdependencia estructural que no existía en la época de Lenin.
-. La integración financiera. Los flujos de capital transfronterizo (inversión extranjera directa, inversión de cartera) son de un orden de magnitud muy superior al de la Guerra Fría. En tal sentido el Banco de Pagos Internacionales documenta un mercado de deuda global interconectado, de modo que una crisis financiera en un país se transmita rápidamente a nivel global, tal como ocurrió en 2008.
Sin embargo, aunque no se observen procesos revolucionarios clásicos, bien vale destacar que permanentemente emergen protestas sociales masivas, crisis políticas recurrentes, cuestionamientos al neoliberalismo e intentos de mayor autonomía económica y política en distintos países. Fenómenos que pueden interpretarse como formas preliminares o parciales de resistencia al orden capitalista global.
A partir de lo dicho cabe indagar qué rol juegan las guerras actuales en la gestación de procesos revolucionarios. En tal sentido se puede afirmar que las guerras pueden tener efectos contradictorios y que las mismas pueden abrir condiciones revolucionarias a partir de la crisis económica global, la persistencia de la inflación, la pobreza y la desigualdad, y el debilitamiento de las hegemonías, como la que actualmente afecta a Europa y EEUU.
Sin embargo, las guerras también pueden reforzar el sistema mediante la militarización, el nacionalismo burgués y pequeñoburgués, el control social y la cohesión interna de los Estados.
Por estos motivos, la guerra debe ser vista como una oportunidad potencial, pero también como un riesgo de regresión política.
Posibles escenarios
Por último, a fin de trazar una perspectiva a partir de la situación actual, cabe consignar que podemos imaginar a grandes rasgos tres posibles salidas globales:
-. Una reconfiguración del capitalismo (más probable a corto plazo), con un sistema multipolar en correspondencia con el fin de la globalización y la guerra comercial, con nuevas potencias, pero sin ruptura con la lógica capitalista.
-. Una crisis prolongada e inestable con conflictos recurrentes, desigualdad creciente y fragmentación global.
-. La emergencia de procesos revolucionarios más probablemente en países periféricos o con crisis aguda, pero no garantizada. Siendo este último escenario el que probablemente se corresponda con la situación actual de Argentina donde, de acuerdo a lo señalado, pesa la ausencia fáctica de una vanguardia revolucionaria.
Como conclusión, desde una perspectiva marxista-leninista la crisis actual del capitalismo -expresada en guerras como las de Ucrania y el conflicto en Medio Oriente- abre posibilidades históricas, pero no determina su desenlace.
La historia muestra que las crisis crean condiciones y las guerras aceleran procesos, pero los resultados dependen de la acción política organizada.
En ese sentido, una salida revolucionaria no estará dada por la crisis en sí misma, sino por la capacidad de los sujetos sociales y de los proyectos políticos de transformar dicha crisis en un proceso de cambio estructural.
Jorge Díaz
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