La larga marcha de China y Taiwan

Jueves, 23. Abril 2026

La crisis del orden chino contemporáneo, cuyas raíces se remontan a las Guerras del Opio (1840-1842, 1856-1860), las rebeliones de Taiping y Nian, la primera guerra sino-japonesa de 1894-1895 y el fracaso de la Reforma de los Cien Días (1898), nos remite a la Revolución Xinhai de 1911, cuando un movimiento de carácter nacional burgués derrocó a la dinastía Qing y proclamó la República de China. Una república que aún hoy no se terminó de cristalizar. Y es que dicha revolución, lejos de resolver la cuestión nacional, mantuvo intactas las condiciones de dependencia semicolonial y de fragmentación interna, propias del régimen semifeudal previo. No obstante lo cual abrió paso a una reconfiguración de la formación social existente, caracterizada por la debilidad de la burguesía nacional china, la profundización de la penetración imperialista y la persistencia de estructuras precapitalistas.

Dicho escenario convulsivo provocó el surgimiento de dos proyectos diferentes de país: el de los nacionalistas del Kuomintang (KMT), que buscaba modernizar China mediante un sistema capitalista y un poder centralizado con apoyo en las clases medias urbanas, empresarios, terratenientes y distintas potencias extranjeras, especialmente Estados Unidos; y el de los Comunistas (PCCh), que  defendían una transformación en dirección socialista sustentada en el campesinado, diferenciándose de esta forma de la aspiración bolchevique, centrada en el proletariado urbano.

Aun así, los distintos proyectos de conformación del Estado nacional habrían de coexistir por un largo periodo. A diferencia de Rusia, donde la burguesía y el proletariado antizaristas no forjarían una alianza formal -y sólo coexistirían durante un breve y tenso período de poder dual previo a la Revolución de Octubre-, en China esa convivencia -no exenta de contradicciones- se prolongó hasta 1927, dentro del denominado Primer Frente Unido. En cuyo seno estalló un choque de líneas que se evidenció en la disputa por el poder nacional y en la lucha contra las condiciones de dependencia externa. Esta pelea culminó en una guerra civil sólo interrumpida por la invasión japonesa a China, primero a Manchuria (1931) y luego a gran escala a partir de 1937; ello provocó la reacción antiimperialista tanto de los comunistas como de los nacionalistas que entonces acordaron conformar un Segundo Frente Unido para enfrentar al enemigo común en la denominada segunda guerra sino-japonesa.

A partir de aquí, la continuidad de la guerra civil se subordinó temporalmente a la lucha contra la ocupación. Sin embargo, la misma vino a profundizar la crisis del Estado nacional al precipitar el colapso económico, la inflación masiva y la pérdida de legitimidad del KMT, al tiempo que el PCCh desarrollaba una estrategia de guerra popular prolongada, ampliando su base social campesina.

De esta forma, la Revolución China impulsada por los comunistas adoptó un carácter agrario-popular, distinto del modelo clásico europeo.

Por su parte la isla de Taiwán, que desde 1895 tras la primera guerra sino-japonesa continuaba bajo control de Japón, permanecía separada del proceso revolucionario continental, aunque integrada a la economía imperial japonesa bajo una lógica colonial. Este estatus duró hasta 1945, cuando tras la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial, la isla fue transferida a la República de China, aunque sin resolver acabadamente la cuestión nacional, que se vio agigantada tras la represión de 1947 por parte del KMT, la cual reveló una fractura entre Estado burgués y la sociedad.

Con el triunfo en 1949 del PCCh en la guerra civil y la proclamación de la República Popular China (RPCh) por parte de Mao Zedong, el aparato estatal del KMT, dirigido por Chiang Kai-shek, se replegó a Taiwán junto a cerca de dos millones de personas, provocando la dualidad estatal que sobrevive hasta el presente: un Estado revolucionario en el continente y un Estado pro capitalista refugiado en la isla, lo cual implicó una resolución incompleta de la guerra civil, determinada por correlaciones de fuerza internas e internacionales.

La Guerra de Corea y la intervención yanqui

El fin de la Guerra de Corea en julio de 1953, que terminó alineando el norte de la península con la RPCh y la Unión Soviética, transformó la cuestión nacional en un problema integral. Estados Unidos desplegó la Séptima Flota en el estrecho Taiwán, lo que fácticamente impidió la reunificación de China por la vía militar: desde una perspectiva leninsta esto no significó otra cosa que la intervención del imperialismo para bloquear la consolidación del proceso revolucionario. Taiwán se convertiría en un enclave estratégico del bloque capitalista en Asia oriental y en un estado “soberano” reconocido internacionalmente durante dos décadas como República de China, mientras la RPCh permanecería excluida.

No fue hasta la ruptura de las relaciones chino soviéticas en los años 60 que la situación cambió. A instancias de Deng Xiao Ping, Estados Unidos -gobernado por Richard Nixon- inició un acercamiento estratégico a Beijing que determinó el ingreso de la RPCh a las Naciones Unidas en 1971. La visita de Nixon en 1972 y el reconocimiento diplomático de esta última en 1979 fueron parte de la subordinación la ideología marxista leninista a la lógica de la lucha interimperialista, abriendo paso a una serie de reformas pro capitalismo de Estado bajo la dirección de Deng, dando inicio a un proceso de apertura económica bajo el control político del Partido y la inserción en el mercado mundial, lo cual permitió una acumulación acelerada que transformo a la ahora “China” (a secas) en un polo central del capitalismo global, aunque bajo dirección estatal.

En paralelo, Taiwán evolucionó hacia una industrialización exportadora de alto valor agregado, una transición hacia formas democráticas de tipo liberal y la consolidación de una identidad propia, alineada con Estados Unidos. Hoy, con cerca de 24 millones de habitantes, la isla se integra a las cadenas globales de valor, especialmente en materia de semiconductores.

El dominio en disputa 

Bajo la dirección de Xi Jin ping, la reunificación entre China y Taiwán se inscribe en el proyecto de “Rejuvenecimiento Nacional”, una estrategia que ya no es puramente militar. Y si bien se evidencia una clara presión marcial disuasiva, la misma se complementa con una inocultable intención de integración económica y una influencia política en las cuestiones internas de la isla.

En este sentido, el reciente encuentro (10-04-2026) entre Xi Jin ping y la líder del KMT, Cheng Li-wun (en este momento cabeza del principal partido opositor dentro de Taiwán), expresa una línea clara de involucramiento en las contradicciones internas de la isla, nada menos que en el contexto de la guerra entre Irán y el tándem Estados Unidos - Israel. El clima global es decisivo dada la sobre extensión de Estados Unidos en los conflictos en Medio Oriente, especialmente en Irán, lo cual está debilitando su capacidad hegemónica.

Desde una lectura integral, frente al declive relativo del poder norteamericano y el ascenso de China como potencia global, Taiwán aparece como un punto nodal de la transición del poder mundial. Vale recalcar que el actual conflicto entre China y Taiwán no representa una “anomalía”, sino una expresión condensada de la revolución nacional inconclusa, el revival de la lucha entre las posiciones pro socialistas de Mao y pro capitalistas del Kuomintang llevadas al terreno de la guerra civil, el giro posterior iniciado por Deng Xiaoping que vinieron a “darle la razón” al bando nacionalista por la vía de los hechos, y la crisis imperialista del presente, impulsada por el imperativo de recomponer el presente orden capitalista o sucumbir ante la nueva potencia emergente.

Se puede afirmar así que la guerra civil china no terminó en 1949, que la misma fue suspendida por la correlación internacional de fuerzas de aquel momento, y que hoy su resolución vuelve a plantearse ya no como una confrontación militar inmediata, sino como una lucha prolongada por la hegemonía simbólica, política, económica y militar de una China unificada.

Jorge Díaz

Jueves, Abril 23, 2026 - 12:00

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