La pandemia en el marco de la disputa

Jueves, 2. Abril 2020

La aparición del coronavirus y la posterior declaración de pandemia ha puesto en jaque anticipadamente una crisis subyacente en el mundo capitalista globalizado, cuya exteriorización previa en este siglo, fue la caída de LehmansBrothers y la crisis de las hipotecas generadas en 2008/09. La tensión interimperialista acentuada con la guerra comercial iniciada en 2018 entre EE.UU. y China, es de hecho el telón de fondo sobre el cual los efectos del virus pusieron al descubierto una dimensión de crisis sin antecedentes desde la 2° Guerra Mundial. Al final de la tormenta, y con las alteraciones en la acumulación desigual ya consumadas en favor de uno u otro contendiente, saldrá un mundo no más humanizado sino más disputado, en la medida que la supremacía no está definida. El control relativo que los chinos parecen haber logrado luego del sofocón inicial en Wuhan les otorga cierta ventaja estratégica, visto el asesoramiento y delegaciones científicas enviadas a países de Europa como las proyectadas en el sudeste asiático y en el continente africano. La carrera por obtener la vacuna de uso masivo para su comercialización también forma parte de tal disputa.


EEUU, de la plena ocupación al desbarranque

Se espera un importante aumento del desempleo y una caída del PBI en este 2° trimestre que oscila entre el 24 y el 30%. El impacto del coronavirus en la economía estadounidense será mayor a la crisis financiera de 2008, con pérdidas de puestos de trabajo estimada en 40 millones a fines de abril, según TheWashignton Post. La crisis económica asociada al covid-19 ocurre en pleno año electoral con lo cual las chances reeleccionistas de Trump se complican. De allí su insistencia en demorar medidas preventivas o flexibilizar la cuarentena a efectos de que la gente siga trabajando, independientemente de los riesgos de vida y en contra del asesoramiento sanitario de sus propios consejeros. Ante el impacto de la recesión en curso la FED bajó las tasas de interés a 0%, dispuso un auxilio de U$S 2,5 billones para empresas, junto con la compra ilimitada de activos. 

Con la misma premura han salido a rescatar deuda pública el Banco Central Europeo, cuya uniformidad viene cuestionada desde antes.  La Comisión Europea activó la cláusula para que los gobiernos gasten lo que consideren, independientemente del déficit fiscal y la deuda pública. Aquella cláusula que denegaron a Grecia oportunamente fue raudamente aplicada en este caso. Tanto la FED estadounidense como el BCE acuden a apagar el fuego e intervienen, incluyendo medidas fiscales y crediticias, con 7 billones de euros, sin contar los 750.000 que previamente lanzó Alemania. O sea 2/3 del PBI de la eurozona. Dichas medidas han servido para estabilizar las bolsas y salir en respaldo al capital financiero, al reducir el pánico generado por la insolvencia de los mismos. Con tales políticas y compras masivas de deuda, los grandes bancos centrales se han constituido en los verdaderos propietarios del capitalismo occidental, atiborradas sus cuentas y balances de títulos, deuda y acciones de las grandes empresas. 

Al final de esta crisis la salida no supone un mundo nuevo, sino una nueva vuelta de rosca en la reproducción del modelo. No existe ninguna posibilidad de que el capital productivo pueda salir más fortalecido que el financiero. Todo el dinero volcado para salvar la economía de las multinacionales se transforma en deuda pública, para terminar luego descargando sobre las espaldas de los trabajadores. Como ya ocurrió en 2008, EEUU hace los aportes más voluminosos con la pretensión de salir, al final de la crisis, más fortalecido al menos en su relación con los europeos. Las proyecciones sobre el crecimiento mundial pasaron del 2,3% a una contracción global de -2,2%, con caída en algunos países europeos como Alemania -6,8% e Italia -7%, según pronósticos de TheEconomist.

Por su parte, la economía china, luego de estar frenada durante 45 días, con caída de 13,5% del PBI en el primer bimestre, ha iniciado una fuerte recuperación. La parálisis fue decisión del gobierno chino para contrarrestar la expansión del virus, decretando cuarentena para más de 60 millones de personas. El control de la expansión virósica lo pone nuevamente en carrera. Superado el trago amargo, sus profesionales y centros de investigaciones son de consulta permanente para el resto del mundo. De allí que planifican, según la NBS, que para en el 2° semestre el crecimiento del consumo en 6/7% sea similar al experimentado en 2019. Instrumentó para frenar el virus el desarrollo de la inteligencia artificial y el mayor despliegue de la tecnología 5G y su aplicación a la robótica. En tal sentido el hecho de que la gran mayoría de su población tiene incorporado el uso de celulares y redes móviles le ha permitido tener el control y hacer un seguimiento automático de cada habitante con determinación de la temperatura, de los contactos con terceros y de la medicación correspondiente. Así como ha servido para el control de la pandemia abre también un amplio espacio para el control ciudadano con todas sus implicancias en la privacidad y en la pertenencia política. 

La incertidumbre abierta en el mundo sobre las derivaciones de esta pandemia se da en el marco de la anarquía reinante, donde la otrora hegemonía de EEUU ya no es la misma ni la de sus socios menores europeos tampoco. Ni la ONU, ni el G20, ni el grupo de los Siete, han jugado un rol conductor de tal forma que en el marco de la disputa abierta por el control de los mercados y sus zonas de influencia, el estado chino en su afán expansionista, y un poco más allá la Rusia de Putin, han salido mejor parados. 


Nuevo impulso a la batalla cultural

A partir de la convulsión existente se abrieron diversos interpretaciones sobre cambios de paradigma, un antes y un después, la configuración de un nuevo orden mundial, y hasta desde el punto de vista eclesiástico una especie de redención y valorización de la espiritualidad apoyados en la dedicación de los agentes sanitarios como al hecho de que el virus no respeta clase social. A muy grandes rasgos, se pueden agrupar en tres visiones:

-Cambios que el capital imperialista con sus propias disputas por la supremacía, buscará perfeccionar y aprovechar, incorporando nueva tecnología como la robótica digitalizada. O bien masificando formas como las del teletrabajo que replantea las ventajas de quedarse en el domicilio en lugar de asistir a la oficina, pero que inevitablemente aumentará las diferencias sociales actuales desde el momento en que a esta pandemia algunos la enfrentan desde su departamento y con la heladera llena, mientras que otros albañiles, personal doméstico o recolectores de residuos tienen que salir a la calle y no pueden teletrabajar. Son nuevas expresiones dentro de la división del trabajo -en todo caso entre trabajo manual e intelectual- que el capitalismo acentuará en busca de mayor productividad. 

-Por otro lado está la visión de que a partir de esta pandemia se valorizará mucho más la intervención del estado en la medida que su papel -nada perfecto por cierto- fue mucho más destacado en aquellos lugares donde al sistema sanitario se asignan mayores recursos y se asienta en políticas públicas antes que las privadas. Lo cual se notó en China, Corea y Cuba, en contraste al colapso producido en Italia, España y EEUU. El prestigio de conceptos basados en la cooperación y solidaridad como valores superiores al individualismo estimulado por décadas de neoliberalismo, será aprovechado por quienes bregan por un capitalismo humanizado propio de una tercera posición, como la que trabaja la iglesia de Francisco o el ya fracasado capitalismo de bienestar, al que suscriben sectores de la burguesía renegociadora. 

-La visión que plantea que el surgimiento de nuevos paradigma y nuevas costumbres deben inscribirse en la conquista de un nuevo poder, premisa para tales transformaciones. Sin revolución no hay cambios de estructuras, ni de matriz productiva, ni de políticas para que la salud, educación y bienestar del pueblo sean la prioridad en el modelo a implementar. Si la experiencia cubana, con todas las adversidades para construir el socialismo y pese al bloqueo-boicot del imperialismo durante 60 años, hoy brilla ante el mundo, fue porque su revolución destruyó el viejo estado oligárquico y construyó uno nuevo dirigido por los trabajadores, campesinos y pueblo en general. Si hoy puede enviar contingentes de médicos y agentes de salud, solidariamente a países desbordados por el virus, lo hace precisamente porque pudo cumplir con el programa revolucionario y porque el internacionalismo está más allá del capitalismo globalizado o de la atenuación del mismo. Cuando hablamos de revalorizar el papel del estado o de la construcción de una economía estatal al servicio del bienestar popular como parte de un programa, lo hacemos pensando no en este viejo estado de clase conformado por la gran burguesía y el imperialismo al que muchos solo quieren perfeccionar, sino como parte del debate donde cualquier nuevo estado de contenido popular que se pretenda o los mencionados cambios de paradigmas, necesariamente requieren de la revolución en primer lugar. De lo contrario será todo más de lo mismo. Un camino ya probado por la historia desde mayo de 1810, con sus fracasos y progresismo incluido, que se yergue como tarea inconclusa, frente a la resignación, el endeudamiento y el retroceso en que ha derivado nuestro país. 

Andrés Zamponi

Publicado en: 
Jueves, Abril 2, 2020 - 17:30

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