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Una lógica de sometimiento I Esclavos del hambre
Argentina se ha convertido en un laboratorio a gran escala donde la población es obligada a alimentarse con residuos de pesticidas, antibióticos y anabólicos aplicados a cultivos y animales, productos de la actividad minera e industrial incorporados a la cadena alimenticia y al agua como metales pesados, nitratos y dioxinas, alimentos contaminados durante el procesado o la manipulación industrial, como la acrilamida, o venenos de microorganismos generados durante el almacenamiento en silos, como la aflatoxina, el cancerígeno de origen biológico más potente que se conoce. Un laboratorio donde los alimentos ricos en nutrientes son reemplazados por harinas refinadas, azúcares y grasas, los cuales han disparado una verdadera epidemia de diabetes y obesidad.
Sin embargo, junto a esta alimentación de enfermedad y muerte, ha comenzado a cobrar dimensión un fenómeno no menos revelador: la hambruna, la cual alcanza a unos tres millones de habitantes, en su mayoría niños y jóvenes.
Fue Josué de Castro quien observó que el hambre había cobrado importancia histórica por el interés de la burguesía de extraer plusvalor antes que por el de la propia clase trabajadora en quien la desnutrición resultaba un fenómeno naturalizado impuesto por salarios miserables. Sin embargo, dicho interés rebasaba el límite económico para convertirse en una pieza clave de dominación extraeconómica, es decir, estatal: el hambre impuesto por la fuerza, el hambre como mecanismo de premio y castigo, el hambre como reconocimiento de lo propio y desconocimiento de lo ajeno.
En el siglo XVIII Thomas Malthus planteaba que el hambre obedecía a la necesidad de establecer un equilibrio entre una población en permanente crecimiento y la existencia de recursos limitados para sostener a la existencia de la misma. Estas ideas sirvieron, entre otras cosas, para justificar las hambrunas y evadir responsabilidades políticas y sociales, como la concentración de la riqueza en pocas manos. Sin embargo, de Castro, mostraba al hambre como algo más. Como una pieza clave de sometimiento luego de reconocer la estrategia deliberada de Hitler con respecto al hambre como un arma mediante a cual era posible la acaparación de los recursos alimentarios de los países invadidos y, también, de asegurar la existencia de varios tipos de categorías de ciudadanos con diferentes accesos a la alimentación, desde la opulencia de los jerarcas, grandes empresarios y banqueros, hasta la desnutrición obscena de los campos de concentración: “El hombre que tiene hambre, que sufre hambre toda su vida, no es un hombre libre; es esclavo de su hambre que le cierra los ojos, los oídos y el corazón” (Josué de Castro “Geopolítica del Hambre”).
El laboratorio de Macri y el FMI lleva adelante, precisamente, una biopolítica similar a la del nazismo: la de la imposición del hambre como lógica de sometimiento, no ya al aparato estatal, sino al hambre del hambreado. Se trata, en definitiva, de imponer la esclavitud de destinar todas las energías vitales a la búsqueda de alimentos. De ser esclavos del hambre.
Este ensayo biológico no sólo cobra importancia al distraer toda posible lucha a la satisfacción de la necesidad impostergable de comer, sino, peor aún, a la de resolver tal necesidad mediante un contrato de gobernabilidad entre dominadores y dominados: el de cambiar la lucha por un plan o bolsón alimentario, lo cual resulta inadmisible especialmente en Argentina, donde se producen alimentos para satisfacer las necesidades de una población diez veces mayor a la existente.
Una tendencia creciente, reactiva a este escenario de comida veneno y de hambre, es la de la soberanía alimentaria, proyectada como resguardo de subsistencia mediante desarrollos marginales agroecológicos y “orgánicos”, de huertas familiares y comunales, que poco y nada pueden hacer frente a la crisis alimentaria del grueso de la sociedad, especialmente los niños, precisamente por no poner en discusión la tenencia monopólica de las mejores tierras ni del capital que se aplica a la producción agrícola y ganadera. Y si bien dicha tendencia ha puesto como blanco el agronegocio y el daño emergente a la salud implicado en el mismo, hasta ahora no ha acometido con un programa de expropiación y solución al problema de la alimentación y el hambre del grueso de la sociedad. Simultáneamente, los movimientos territoriales vinculados a sectores indigentes tampoco han desarrollado una estrategia de zonas liberadas con alcance a la gran industria de la alimentación, razón por la cual optan, por lo pronto, por realizar demostraciones de fuerza en procura de acuerdos con el gobierno y los grandes supermercados.
El agravamiento de la situación social en la medida que la mala alimentación y el hambre sean los reaseguros reformistas (de izquierda) del pago de la deuda, y que ésta imponga mayores sacrificios, obliga a poner este problema en el centro del debate y a lograr un programa y una fuerza revolucionaria que en su lucha por el poder se manifieste en forma inmediata por trabajo, salario y, fundamentalmente, por alimento para el pueblo.
Jorge Díaz
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