Leer para disputar la memoria

Viernes, 27. Marzo 2026

A cincuenta años del inicio de la dictadura cívico - militar, cada 24 de Marzo el pueblo argentino continúa atravesando la disputa abierta por la interpretación del pasado. En un contexto donde resurgen discursos negacionistas que buscan equiparar el terrorismo estatal con la resistencia popular, reducir la cifra de desaparecidos a una discusión contable o instalar una “versión oficial” despojada de conflicto, la lectura crítica se vuelve una práctica urgente.
Dichos discursos circulan en redes sociales, en intervenciones mediáticas, en comunicados institucionales. Allí donde se simplifica, se equipara o se niega, la lectura aparece como una forma de complejizar, de reponer capas de sentido y de sostener evidencia frente a la distorsión. Leer hoy, es tomar posición.
La historia como territorio en disputa
Como plantea Hernán Brienza en El pasado en discusión, la historia no es un catálogo de hechos muertos, sino una construcción política del presente. El negacionismo no opera sobre el vacío: necesita del olvido, de la fragmentación y de la desinformación.
Volver a Nunca Más no es un gesto conmemorativo, sino la reafirmación de un pacto de lectura fundacional de lo vivido: el reconocimiento de que el Estado desplegó un plan sistemático de desaparición, tortura y exterminio. Leer ese informe hoy implica sostener una base común frente a los intentos de relativización. La relectura crítica del prólogo original donde Sábato expone la “teoría de los dos demonios” añade el análisis de las relaciones de fuerzas en los primeros años post dictatoriales, en donde el juzgamiento a sus jefes se llevó adelante sobre la base de importantes concesiones políticas. Hasta los años 2000, esa fue la “versión oficial” que el actual gobierno busca reponer. 
Leer lo que quisieron borrar
La dimensión política de la memoria se vuelve aún más nítida cuando observamos qué textos fueron perseguidos. No hubo arbitrariedad: hubo estrategia.
Obras destinadas al público infantil como La línea de Beatriz Doumerc o Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann fueron consideradas peligrosas porque promovían la imaginación política, la organización, la libertad, el humanismo, la solidaridad. "Conmoción interior o de ataque exterior que pongan en peligro el ejercicio de esta Constitución y de las autoridades creadas por ella", aducían cínicamente los decretos de la dictadura para prohibir libros.
También la poesía y la escritura testimonial quedaron marcadas por la violencia estatal. La palabra íntima de Ana María Ponce (desaparecida), la intervención política y literaria de Rodolfo Walsh y Paco Urondo (asesinados) y la obra atravesada por la pérdida de Juan Gelman (con un hijo desaparecido) nos muestran que escribir no fue un ejercicio sin praxis, sino exposición, riesgo y, muchas veces, causa de persecución directa. Incluso en la cultura de masas, Héctor Germán Oesterheld nos ha legado para la eternidad la emergencia de un Eternauta militante que lo ha perdido todo por la esperanza de su causa.
Leer hoy esas voces es reponer no sólo lo que dijeron, sino las condiciones en que lo dijeron.
El relevo de la palabra: de hijos a nietos
Con los años, la transmisión de la memoria en los textos ha mutado, pero no ha perdido su densidad política. Nuevas generaciones han encontrado formas propias de narrar y de intervenir en la disputa por el sentido. Es el caso de Los nietos cuentan cómo fue (Analía Argento y María Zaffaroni Islas)en que la voz se desplaza hacia quienes heredaron el trauma y lo transforman en identidad y en demanda de justicia. Y sólo por nombrar otros notables aportes, podemos adentrarnos en Historietas por la Identidad de Las abuelas de Plaza de Mayo y la Biblioteca Nacional, tomo que se sirve de la imagen como vehículo de una verdad que interpela más allá de los circuitos tradicionales; y El Mar y la Serpiente, de Paula Bombara, novela donde Mavi y su madre sobreviven a la pregunta por el padre secuestrado.  
Estas formas no diluyen la memoria: la expanden. Permiten que circule en nuevos lenguajes y soportes, sin perder su capacidad de incomodar y de interpelar.
Tucumán como clave de lectura
Para quienes habitamos Tucumán, la memoria tiene una densidad particular. Aquí, el Operativo Independencia anticipó el despliegue represivo a escala nacional y dejó marcas persistentes en el territorio. Una provincia donde gobernó durante años Fuerza Republicana, liderada por el represor Bussi, quien ganaría con el voto la gobernación en el periodo presidencial de Menem, amparado acaso en la misma impunidad que lo llevó a ser gobernador de facto nombrado por Videla en el ‘76. Nuevamente bajo la sombra de un gobierno neoliberal, FR continúa existiendo, con ese rancio neofacismo arraigado en parte del pueblo alienado, con otro Bussi al frente.  
En ese marco, las escrituras tucumanas funcionan como una clave indispensable. La escuelita de Alicia Partnoy reconstruye desde el testimonio la experiencia del encierro de un centro clandestino que ya figuraba en el Nunca Más; Huellas de la memoria en la resistencia antibussista de Rubén Kotler documenta las tramas políticas que enfrentaron la continuidad de esas estructuras en democracia (la policía, por decir de las más conocidas); y en memorias de localidades del interior, como Famaillá es mi casa de Lucía Mercado junto a Roberto Roja, se presentan episodios donde se inscribe la memoria en el territorio, en lo cotidiano. Invaluable sin duda para la verdad es el trabajo de Sibila Camps con Tucumantes. Relatos para vencer el silencio, valiente investigación y denuncia de crímenes con nombre y apellido de víctimas, represores y cómplices.
Lejos de ser una narrativa periférica, este corpus demuestra que el terrorismo de Estado tuvo anclajes concretos y que su impugnación también es, pese a todas las dificultades, un desafío local con varios años y tramos de una penosa lucha. Leer estos textos es disputar el sentido allí donde el silencio y la tergiversación buscaron instalarse con más fuerza. Donde todavía se habla de “subversión”, el idioma de los opresores y asesinos, cuando sigue abierta la lista sin identificar del osario de un Pozo de Vargas.
Leer para combatir la versión libertaria
Frente a las teorías de los “dos demonios”, a la banalización del horror y a la construcción de relatos oficiales que buscan vaciar de contenido el 24 de Marzo, la lectura se afirma como una práctica política concreta.
Leer literatura, testimonios, investigaciones y escrituras situadas, no es un gesto neutral: es una forma de intervenir en la disputa por el sentido.
El negacionismo necesita simplificación. La memoria, en cambio, exige complejidad, contexto y evidencia.
Este 24 de marzo, frente a cualquier intento de imponer una versión cerrada del pasado, leer sigue siendo una forma de resistencia. Porque donde hay lectura crítica, no hay relato único posible: en la palabra también se libra la lucha de clases.
Ramón Sosa

Viernes, Marzo 27, 2026 - 13:00

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