El agotamiento de la supremacía imperial

Miércoles, 24. Junio 2026
El agotamiento de la supremacía imperial

El memorándum firmado entre Estados Unidos e Irán estableció un cese de hostilidades, reabrió el estrecho de Ormuz y abrió un plazo de sesenta días para negociar cuestiones clave como las sanciones económicas y el programa nuclear iraní. Sin embargo, más que inaugurar una nueva etapa de estabilidad, el acuerdo expone los límites de la coerción militar estadounidense y revela una transformación más profunda: ninguna potencia parece hoy capaz de imponer por sí sola un orden internacional duradero.

La firma del reciente memorándum entre EEUU e Irán fue presentada por numerosos analistas como una señal de distensión en Oriente Medio. Otros la interpretaron como una nueva evidencia del avance de la multipolaridad y del supuesto declive irreversible de Washington. Sin embargo, ambas lecturas resultan insuficientes.

Lo que revela este acuerdo no es el triunfo de una potencia sobre otra ni el nacimiento de un nuevo orden mundial. Lo que pone en evidencia es algo más profundo: el agotamiento de la capacidad del imperialismo para transformar su superioridad militar en resultados políticos duraderos.

Durante las décadas posteriores a la caída de la Unión Soviética, EEUU ejerció una supremacía prácticamente indiscutida. La Guerra del Golfo de 1991 pareció demostrar que el dominio tecnológico y militar norteamericano garantizaba la estabilidad global bajo dirección estadounidense. En aquellos años, la ideología del "fin de la historia" convirtió dicha coyuntura en una supuesta ley permanente.

Treinta años después el panorama es muy diferente. Hasta ahora Rusia no logró derrotar rápidamente a Ucrania, pero tampoco la OTAN consiguió imponer una derrota estratégica a Moscú. Israel mantiene una superioridad tecnológica aplastante sobre sus vecinos, pero no ha podido eliminar las amenazas que enfrenta en la región. EEUU conserva una capacidad militar incomparable, pero después de décadas de sanciones, presiones y operaciones indirectas no logró modificar sustancialmente el régimen iraní.

La paradoja es evidente. Nunca existió tanta capacidad destructiva acumulada y, sin embargo, nunca fue tan difícil convertirla en victorias políticas concluyentes. Sin lugar a dudas, detrás de esta realidad se encuentra una transformación más profunda del capitalismo a escala mundial.

El regreso de la industria

La guerra en Ucrania demolió uno de los grandes mitos de la globalización neoliberal: la idea de que las economías avanzadas podían abandonar la producción material y sostener su poder únicamente sobre las finanzas, los servicios y la innovación tecnológica.

Las guerras del presente siguen dependiendo del acero, la energía, los explosivos, los microchips, los drones y la capacidad industrial para producir millones de toneladas de bienes materiales. En pocas palabras, la producción volvió al centro de la escena. 

Y es precisamente en ese terreno donde emerge el principal desafío estratégico para EEUU: la capacidad industrial de China. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), China concentra actualmente más del 30% de la producción manufacturera mundial, una participación superior a la suma de EEUU, Alemania y Japón. El país asiático pasó de representar una porción marginal de la economía global a convertirse en el principal socio comercial de más de cien países.

Pese a ello, sería un error identificar automáticamente este ascenso con una alternativa emancipadora. China no representa una superación del capitalismo. Se trata de una poderosa formación de capitalismo de Estado integrada plenamente al mercado mundial y regida por las mismas leyes fundamentales de acumulación que estructuran al resto del sistema. Su expansión expresa una nueva manifestación de la competencia capitalista global, pero no la construcción de una sociedad socialista.

Por eso, la contradicción principal de nuestra época no puede reducirse al enfrentamiento entre EEUU y un supuesto bloque antiimperialista liderado por Pekín. Hay una disputa intensa entre grandes centros de acumulación por mercados, tecnologías, recursos naturales y rutas comerciales.

La negociación que nadie pudo evitar

En este contexto debe interpretarse el memorándum firmado entre Washington y Teherán. Después de más de cuatro décadas de hostilidad, sanciones económicas, amenazas militares y conflictos indirectos, ninguna de las partes consiguió imponer completamente sus objetivos.

EEUU no logró derribar al régimen iraní ni expulsar su influencia regional. Irán tampoco pudo desalojar la presencia norteamericana de Oriente Medio. El acuerdo expresa, precisamente, ese equilibrio inestable.

La cuestión central no es que Washington haya reconocido una nueva multipolaridad. Tampoco que Teherán haya derrotado al imperialismo. Lo significativo es que la principal potencia militar del planeta se vio obligada a negociar con un actor regional considerablemente más débil porque su superioridad militar dejó de garantizar resultados políticos definitivos.

Más importante aún, es que esta situación refleja una tendencia histórica más amplia. Las sanciones económicas masivas no produjeron los resultados esperados, las intervenciones militares prolongadas se volvieron extraordinariamente costosas, y la innovación tecnológica ya no asegura por sí sola ventajas decisivas.

Los conflictos recientes muestran drones baratos destruyendo equipamiento multimillonario, sistemas de guerra electrónica neutralizando armas sofisticadas y fuerzas militares relativamente modestas imponiendo costos crecientes a adversarios muy superiores. En síntesis, la relación entre inversión militar y eficacia política se ha vuelto cada vez más problemática.

Y si bien es cierto que muchos analistas describen el escenario actual como una transición ordenada hacia un sistema multipolar, la realidad parece bastante menos estable como para suscribir semejante supuesto. EEUU continúa siendo demasiado poderoso como para ser desplazado rápidamente. Sigue controlando la principal moneda de reserva internacional, los mercados financieros más importantes y buena parte de las tecnologías de punta. China, por su parte, es demasiado grande como para ser contenida. Ninguno de los dos puede imponer por sí solo un nuevo orden mundial, pero tampoco puede aceptar pasivamente el avance del otro.

La consecuencia no parece ser una multipolaridad armónica sino una etapa prolongada de rivalidad entre grandes potencias, conflictos regionales, guerras híbridas, sanciones económicas y disputas por los recursos estratégicos. Desde Ucrania hasta Oriente Medio, pasando por el Mar de China Meridional, observamos las primeras manifestaciones de esta tendencia. Y, como tantas veces en la historia, las víctimas continuarán siendo los pueblos oprimidos.

La crisis de la hegemonía y la tarea de los revolucionarios

Durante gran parte del siglo XX, la discusión giró en torno a qué potencia dominaría el mundo. Hoy la pregunta comienza a ser otra: ¿qué ocurre cuando ninguna potencia logra ejercer una hegemonía estable?

El memorándum entre EEUU e Irán es una expresión de ese problema histórico. No anuncia la llegada de una nueva paz internacional. Tampoco certifica el reemplazo de Washington por Pekín. Lo que muestra es la creciente dificultad del capitalismo para organizar un orden mundial legítimo y duradero bajo las condiciones actuales de acumulación.

Para la izquierda, este escenario no debería alimentar ilusiones sobre ninguna potencia emergente. La emancipación de los pueblos no vendrá de la mano de EEUU, pero tampoco de China, Rusia o Irán.

La crisis de la hegemonía imperial abre oportunidades, pero también enormes peligros. La ausencia de un poder capaz de estabilizar el sistema no elimina la explotación; por el contrario, puede volverla aún más violenta.

Por eso la cuestión decisiva de nuestra época no es quién ocupará el trono del poder mundial, sino si los trabajadores y los pueblos oprimidos serán capaces de construir una alternativa propia frente a un capitalismo que ya no logra gobernar el mundo con la misma eficacia con que lo hizo durante las décadas de la supremacía estadounidense.

La crisis de la supremacía norteamericana no anuncia automáticamente un mundo mejor. Lo que abre es un período de inestabilidad histórica cuyo desenlace dependerá, en última instancia, de la capacidad de los trabajadores y pueblos del mundo para intervenir como sujetos de la historia y no como simples espectadores de la disputa entre potencias.

Ese es el verdadero significado histórico de la crisis actual, y también el desafío político que la izquierda revolucionaria tiene por delante.

Jorge Díaz

Miércoles, Junio 24, 2026 - 14:45

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