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El mundial: negocio, geopolítica y cultura popular
Empezó el mundial y se escucha el comentario de que este es un mundial enrarecido. Podríamos mencionar las causas mundanas, como que el desahogo para el pueblo argentino con Qatar hace cuatro años hace que no haya tanto entusiasmo. Pero Messi le hace tres goles a Argelia y de pronto hay ilusión. No obstante eso, el público futbolero -que se amplía generosamente durante este evento- no parece saberse las nuevas canciones de la cancha. No hubo festejos callejeros después del triunfo categórico. Tal vez, el hecho de que a una proporción enorme de la población del país le cueste llegar a fin de mes es un factor agravante. Pero la alegría popular que genera el fútbol siempre convivió, en más o en menos, con malestares sociales.
Algo es seguro. Se instalan en las charlas las situaciones problemáticas que se están dando en el mundial; hay que tomarlo como si se abriera una puerta para hablar del imperialismo y su naturaleza contraria a la dignidad humana. Se habla de Omar Abdulkadir Artan, el árbitro somalí elegido como el mejor de África, deportado por su país de origen. Se habla también de que a la delegación de Irán no se le permitió instalarse en territorio yanqui, y que por ese motivo hacen base en México, con viajes más exigentes, teniendo que salir inmediatamente del país, con una tolerancia de una hora finalizado el partido: una desventaja deportiva alevosa. También fue tema de conversación las requisas a las que sometieron a futbolistas de Irak y de Senegal para permitirles el acceso a suelo yanqui. Frente a todas estas aberraciones, el dueño de la pelota Giani Infantino, dijo que la multinacional por el gerenciada no se mete con las leyes migratorias de los países anfitriones. ¿El espíritu deportivo? Eso te lo debo, pero a cambio te doy unos cooling breaks (pausas de hidratación), ventanas publicitarias que cambian la dinámica del juego pero aportan dólares por millones.
En Qatar se hablaba de la Kafala, de los trabajadores que murieron durante la construcción de los estadios y del dinero siendo la brújula de la FIFA. Pero a diferencia del 2022, esta vez las conversaciones aparecen todo el tiempo. Cuando se ven cientos de butacas vacías, se menciona el precio absurdo de las entradas, pensadas para un público con capacidad de realizar turismo de lujo: ningún mejicano promedio (y habría que ver cuántos norteamericanos) puede entrar a la cancha. Las contradicciones se ven con transparencia.
También están las contradicciones de los propios. De Paul puede decir que por ser futbolistas se deben limitar a jugar al fútbol, pero luego aparece en publicidades vendiéndote hamburguesas o promocionando bancos. Y junto con Messi visitan a Trump y lo escoltan mientras el abusador, decrépito, con las manos llenas de sangre palestina e iraní, habla sobre situaciones que nada tienen que ver con la visita de los futbolistas, y sin embargo estos no salen a despegarse. A pesar de que la crítica puede ser justa, hay que entender que es difícil que entre estos tipos aparezca uno que se parase de manos como lo hacía Maradona -con los jubilados, con Cuba, contra la FIFA-, hijo de una época histórica en donde el fútbol recién iniciaba su transición hacia el meganegocio que es hoy. Los futbolistas actuales juegan un juego que los vuelve millonarios rápidamente, al módico precio de no tener la osadía de sacar los pies del plato.
Así y todo, quienes cultivamos con sinceridad la vocación de “servir al pueblo” jamás debemos subestimar a las personas que son capaces de generar grandes alegrías de masas. En una sociedad basada en la alienación y en la explotación del humano por el humano, la conciencia que los pueblos tienen de sí mismos se expresa de forma impura. Hay que entender las contradicciones y ponerlas en su justo lugar: la felicidad de un pueblo que sufre es un acto de justicia y quienes provocan tal cosa obtienen con creces su lugar de privilegio en el imaginario popular. Basta ver uno de tantos videos de niños abriendo un paquete de figuritas y emocionándose cuando sale la de Messi. El balance le es muy favorable.
Tal vez lo más importante de este evento sea que todos se animan a hablar de la política detrás del fútbol. Que los iraníes entraron a la cancha con pequeñas mochilas rosas en conmemoración de las niñas bombardeadas en Minab, es una buena oportunidad para hablar del rol que ocupa EEUU en el mundo. Escuchar a los bosnios y a las hinchadas de países africanos cantando por Palestina en las calles de Canadá merece ser hablado con los que se sientan a ver un partido.
Vemos a las multinacionales monopolistas ocupar espacios publicitarios en pausas inventadas para este mundial yanquizado y nos indignamos. El intento de secuestro de la cultura popular tiene que encontrar enfrente un pueblo que luche por recuperarlo como propio. Que luche por desmantelar la lógica del negocio que asfixia al juego. El que se lleva a los pibes de Latinoamérica cuando son adolescentes, se profesionalizan a los 17 años y destruyen, por ejemplo, la capacidad de Brasil de competir internacionalmente.
El fútbol es de la gente, pero hace varios años que el capital se metió en la pulseada para sacarnos rebanadas. Si algunos desaparecidos que estaban en la ESMA, cerca del Monumental, escucharon los goles de Argentina contra Holanda en el 78 y se pusieron contentos, es porque la pelota no se mancha: sigue valiendo la pena pelear contra quienes lo intentan a cada rato.
Octavio Ruiz
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