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Editorial - Intervenir con decisión en la pelea popular

La tensión mundial impacta
En un mundo de por sí convulsionado, la invasión rusa a Ucrania vino a agregar una complejidad más, y no precisamente una menor. La guerra disparó el precio de los combustibles y del trigo, empujando una inflación mundial en alza. El impacto en nuestro país necesariamente es negativo. Al encarecimiento de la energía se le suma el aumento en alimentos, rubro que encabeza la escalada ascendente de los precios. Pero la guerra es también el recrudecimiento de la disputa interimperialista. El presidente Fernández alineó al sector que le responde en sintonía con los intereses de EE.UU., replicando el pacifismo hipócrita que le lava las manos a la OTAN, cuestión en la que coincide con la oposición de JxC. Un tema más que calienta la interna del oficialismo, en donde el sector de la vicepresidenta es más proclive a repartir la influencia de las potencias, vieja táctica de los sectores renegociadores: en ese tren, le atribuyen a Rusia y China bondades que en realidad no tienen.
Cada cual mirando sus intereses, en los dos bandos del oficialismo se entusiasman con esta suerte de reedición latinoamericanista que encabezaría el chileno Boric, al que se sumaría Petro, favorito en las presidenciales de Colombia, y el muy posible retorno de Lula en Brasil. Se trata de un progresismo light que hace bandera de la moderación y toma distancia del “socialismo del siglo XXI”. Quizás en su entusiasmo por encarnar una presunta ola antineolirebal, se estén perdiendo de mirar hacia Perú. Y no precisamente por las bondades de la presidencia de Castillo, sino por la rebelión de masas que está en desarrollo, y que vuelve a darle impulso a una tendencia que se supo expresar con fuerza en Ecuador, Colombia y Chile. Por ese camino avanza Latinoamérica, y va a ser difícil contenerlo con una centroizquierda edulcorada que pretenda convivir con los problemas de fondo en lugar de buscar resolverlos desde la movilización popular.
Internas abiertas
Si ya luego de las primarias del año pasado la interna del oficialismo transitaba un quiebre difícil de disimular, ahora lo que hay es una fractura expuesta. Terminó de implosionar el Frente de Todos con la aprobación del acuerdo con el FMI. El sector del presidente apostó su suerte a ese nuevo endeudamiento. El gobierno de Alberto Fernández convalidó la deuda fraudulenta del macrismo y buscó apoyo en ese espacio político para avalar el acuerdo con el Fondo. Así las cosas, seguir sosteniendo el apoyo a Alberto para que no gobierne “la derecha” es un chiste de mal gusto.
En el sector que responde a la vicepresidenta ven el impacto negativo que tendrá la relación con el FMI, aunque no le dan el trato de un problema de principios. Manifestaron su rechazo al acuerdo y votaron en contra en el Congreso. Pero el proyecto de ley de un nuevo blanqueo (aunque no le quieran decir blanqueo) con el objetivo de crear un fondo para el pago de la deuda, quiere ser presentado como una gran iniciativa, aunque termina siendo una confesión de parte elocuente: al FMI hay que pagarle sí o sí. La plata mal habida fugada al exterior, sin que ningún gobierno hiciera nada por evitarlo, le pertenece al pueblo argentino, y su recuperación debe ser puesta al servicio de sus necesidades.
La interna en el FdT no es lineal, y los otrora aliados aprovechan para pasarse viejas facturas: así aparecen las acusaciones respecto de quiénes no vendrían a ser verdaderos kirchneristas, con dirigentes que, como Luis D’Elía, salen a disputarle a la viuda y su hijo la herencia del finado líder. Pero el oportunismo es más fuerte y nadie que esté aferrado a un cargo lo va a soltar por ahora. Puede incluso que, llegado el momento, la fractura no vaya a expresarse en el terreno electoral. Lo que sí queda claro es que lo único más o menos presentable que pudieron hacer “todos” fue desplazar al macrismo del poder. Al menos por unos años.
Por el lado de Juntos por el Cambio, esta alianza no cuenta con la presión de ser oficialismo nacional, pero su interna tampoco es precisamente plácida. La aparición de los Milei, con su caudal electoral, radicalizó al sector encabezado por el ex presidente y Patricia Bullrich, quienes ensayan acercamientos a los facho-libertarios. Del lado de Larreta y la mayoría del radicalismo, pugna por tomar forma un proyecto que se prefigura en el escenario actual, de un gobierno de centroderecha con apoyo en un sector del peronismo. Pero el equilibrio es delicado. El “moderado” Larreta salió a pedir que se le saquen los planes a quienes cortan calles, e incluso que se le baje la AUH a los pibes que participan de piquetes. Más allá de que algunos de sus ministros trataron de matizar tal bestialidad, la policía de la Ciudad hace méritos en el hostigamiento y la represión de la protesta. Compite en esto con su par de Jujuy, el radical Morales, que despliega iniciativa persiguiendo a los piqueteros de su provincia. Si el larretismo es más hábil en la coyuntura, el sector Macri-Bullrich lee mejor que, a largo plazo, la avenida del medio es cada vez más angosta.
La represión a la lucha popular da cuenta de ello. A la par de la criminalización de la protesta, se avanza en una persecución de neto corte político. Así lo atestigua la sentencia contra Ruiz y Arakaki por intimidación pública, figura que vuelve a aparecer, junto a la de asociación ilícita, en la persecución judicial tras el repudio en el Congreso del 10 de marzo. En la medida en que los de arriba no puedan darle forma a un proyecto estable a mediano plazo, y mientras se agravan las condiciones de vida, el enfrentamiento con las fuerzas populares tenderá a ser más agudo, especialmente con aquellas que busquen puntos de quiebre en la situación.
Esperando el milagro
Con la inflación de marzo calculada en un 6%, el número del primer trimestre asciende a 14,4% y proyecta un piso para el año de 60%. Es el fracaso rotundo y sin retorno de políticas tibias en donde, como ya señalamos oportunamente, no es el gobierno el que le pone condiciones a los monopolios, sino exactamente al revés. “Milagros no hago”, declaró al respecto Feletti. Se nota.
Con semejante alza en los precios, especialmente en alimentos, no hay ingreso que aguante. La suma fija de $6.000 para los jubilados de la mínima es un alivio que dura lo que un suspiro. Con la inflación se agrava el problema del hambre: esto es lo que explica la masividad de las jornadas de los desocupados. En este marco, para sostener la postura del ministro Zabaleta de no abrir nuevos cupos, las acusaciones y las amenazas sobre las organizaciones piqueteras no van a alcanzar.
En el medio, la burocracia sindical pone las barbas en remojo. Todos tomaron nota de la suerte corrida por Caló, uno de los más alcahuetes en eso de trabajar por la contención obrera, recientemente desplazado de la conducción de la UOM. Así las cosas, los jerarcas de la CGT no sacan los pies del plato, pero tampoco comen vidrio. Luego de quemarse con paritarias alrededor del 40% ahora van por acuerdos de pocos meses. Al descontento de las bases por la presión sobre el salario, se suman disputas insospechadas, como la que se desató en educación. El ministro Perczyk anunció una hora más de clases para el nivel primario, aunque se olvidó de avisarle a Ctera: un gesto feo para con una conducción que acordó la paritaria por el 45% en cuatro cuotas. “Roma no paga por traidores”, reza un refrán que le vendría bien recordar a la gente de Yasky y a más de una dirección sindical.
Darle forma a la confluencia
En los próximos meses las condiciones de vida van a seguir empeorando. En consonancia, la paciencia por abajo es cada vez más limitada. Según la consultora Análisis Político, solo en marzo hubo unos 800 piquetes en todo el país, la misma cantidad que en enero y febrero. A este ritmo, vamos camino a superar los 6.600 que se produjeron el año pasado. Claro que no se trata de un problema aritmético, pero estos números dan cuenta de un estado de ánimo.
El movimiento piquetero es el que mejor refleja esto. El acampe en la 9 de Julio puso de relieve la magnitud de la movilización de los desocupados. Lo que preocupa a los políticos del régimen no es la libre circulación, sino el carácter masivo y nacional de este movimiento. Y sobre todo, la posibilidad de que su ejemplo cunda entre la clase trabajadora ocupada. Mucho más después de la jornada del 10 de marzo en el Congreso, en donde fue la juventud de los territorios la que ocupó la primera línea del repudio. La posibilidad de que ese elemento dirija a la lucha del conjunto es el desvelo de los que gobiernan apoyados en los monopolios.
Por acá pasa el nudo central de la política. A la par de las peleas por las reivindicaciones, en el último tiempo se viene gestando un movimiento que tiene como eje principal el rechazo al acuerdo con el FMI, pero que también abarca el problema de la soberanía sobre los recursos y la entrega del comercio exterior a las multinacionales. Es decir, la movilización antiimperialista y antimonopólica viene tomando forma de hecho. Abarca desde la izquierda con gran capacidad de movilización callejera hasta los sectores que se van desprendiendo del FdT, dentro de los cuales se destacan varios con reservas democráticas. A fuerza de iniciativa y persistencia, la Autoconvocatoria por la Suspensión del Pago y la Investigación de la Deuda es una referencia dentro de un espacio todavía disperso y en formación, pero en el que van asomando elementos de un programa común. Por supuesto, una confluencia tan amplia incluye miradas de largo plazo que no van a ser coincidentes. La lucha por darle forma a este movimiento va ligada con la lucha por dotarlo de una dirección.
Se trata de un gran desafío para el proyecto revolucionario. Desde la autoridad forjada por su presencia en la lucha del pueblo, debe acrecentar su influencia y pugnar por ocupar un rol dirigente en la movilización antiimperialista y antimonopólica en curso, buscando clarificar los blancos y sobre todo orientar la intervención, para abrirle paso a una salida rebelde de masas.
Agustín Damaso
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