Un traspié anunciado

Sábado, 19. Diciembre 2015
Elecciones en Venezuela

La contundente derrota del oficialismo (PSUV-Gran Polo Patriótico) en las elecciones legislativas del 6 de diciembre a manos de la Mesa de Unidad Democrática, es tanto una cristalización de lo hecho y lo omitido por el gobierno bolivariano tras 17 años en el poder, y particularmente en los últimos tres o cuatro años, como un fruto de la “guerra económica” a la que aludió Nicolás Maduro en su mensaje post electoral. Esa ofensiva de los sectores más concentrados de la economía caribeña, comandada por el imperialismo yanqui ha sido tenaz y ha logrado reflejarse en las urnas y, ciertamente ha sido montada sobre la base material que el chavismo en el poder ha puesto a su disposición. Algo que venimos reflejando en ediciones anteriores de no transar.

Un primer análisis de los resultados indica que no es tal el corrimiento a la derecha del electorado venezolano, como surge de algunos analistas. El crecimiento del apoyo a la oposición de derecha es de aproximadamente 400.000 votos, mientras que el principal elemento a considerar son los dos millones de votos que “le faltan” al oficialismo respecto de la anterior elección. Las masas venezolanas no se pasaron a la oposición, decidieron castigar a un oficialismo que no resuelve sus necesidades más urgentes, y lo hicieron en parte votando a su adversario, y principalmente votando “a nadie” o simplemente no yendo a votar.
El impacto en la representación legislativa del PSUV ha sido fuerte, se redujo a la mitad de lo que era en la Asamblea Nacional, con apenas 55 diputados de los 103 que tenía, mientras que la MUD obtuvo la mayoría calificada de los dos tercios con 112 bancas. La oposición anti chavista quedó con la capacidad legal de modificar leyes orgánicas y la propia Constitución Bolivariana.
Las elecciones se llevaron adelante en un contexto marcado por una inflación que ronda el 200%, que destruye el poder adquisitivo del salario y los ingresos populares, una recesión económica que se grafica en 7% de reducción del PBI y un déficit fiscal superior al 20% y un desabastecimiento generalizado de productos esenciales. Desde hace meses se multiplican las colas interminables en la calle para conseguir alimentos y artículos vitales, cuyos precios se disparan cada día. Así, se calcula que para fines de año, más del la mitad de la población estaría por debajo de la línea de pobreza. En medio de este descontrol de la economía, es natural que el descontento popular se expanda, más aún cuando, al tiempo que el pueblo trabajador sufre estas penurias, la corrupción, el contrabando y el mercado negro de productos esenciales prosperan como nunca. En este contexto, la apelación a la “guerra económica” -y su principal elemento: la caída provocada del precio internacional del petróleo-, es tan cierta como insuficiente para explicar la crítica situación en que se encuentra Venezuela y el resultado electoral reciente.
El chavismo en el poder no ha superado el umbral de una economía cuyo factor principal sigue siendo la renta petrolera altamente concentrada, de donde comen la banca, las multinacionales, los grupos económicos locales más concentrados y, a través del control estatal toda una nueva burguesía surgida bajo la sombra de la administración bolivariana. Si bien la distribución de una parte de la renta permitió llevar adelante reformas progresivas que le permitieron al gobierno contar con un gran respaldo popular, diecisiete años de aplicación de este modelo no han redundado en industrialización ni desarrollo de las fuerzas productivas que le permitan hacer frente a la “guerra económica” en mejores condiciones materiales que a principios del ciclo chavista. Las maniobras del imperialismo yanqui y sus socios para deprimir el precio del crudo contraen sensiblemente la renta a distribuir, y el “Socialismo del Siglo XXI” descubre que no tiene armas económicas para enfrentar la campaña restauradora del imperialismo estadounidense y sus socios locales. Aprovechando esta situación, los referentes políticos de la gran burguesía que aspiran a retornar al estado, se dan el lujo de presentarse “en salvaguarda de las condiciones de vida de las mayorías populares”, frente a la “ineptitud de Maduro y compañía”.
Henrique Capriles, líder del sector mayoritario de la oposición, luego de conocerse los resultados atribuyó la victoria al “voto castigo” al gobierno, evitando hacer leña del árbol caído, y procurando no caer en posiciones más beligerantes como insinúa la derecha que marcha detrás del presidiario Leopoldo López. Esta cautela responde en parte a lo imprevisible que resultaría -en medio de una crisis social y política de proporciones- agitar las aguas en dirección a una salida anticipada de Maduro. Hasta aquí las fuerzas armadas se mantienen como una base homogénea de apoyo al poder chavista, pero seguramente no pasarán inmunes la derrota electoral. De hecho, no se han hecho esperar sectores militares, civiles y empresariales vinculados al chavismo, mostrando su predisposición a un acuerdo entre vencedores y vencidos que permita la famosa “gobernabilidad”. Por otro lado, más de uno en la oposición triunfante debe estar haciendo el cálculo de lo favorable que resulta el marketing electoral para las clases dominantes, una vez que sus adversarios han descartado cualquier otra alternativa para obtener o retener el poder.
Precisamente, antes y después del revés electoral, los principales referentes del oficialismo están concentrados en la disputa que avizoran entre el poder legislativo comandado por la oposición y el ejecutivo, dejando en segundo plano la intervención popular en la crisis en curso. Si esta vez las elecciones, después de mucho hablarse al respecto, se han realizado en paz y sin inconvenientes a destacar, es porque la oposición sabía las enormes chances de ganar que tenía. Es decir, eligieron dar batalla en el terreno que los iba a favorecer. El chavismo en cambio, llega a esta etapa desprovisto de toda audacia política, y aferrado a una institucionalidad retardataria para cualquier proceso liberador.
A esta altura de los acontecimientos, resulta evidente que no hay posibilidad alguna de democracia (entendida como ejercicio de poder popular) sin que los principales resortes de la economía nacional, inclusive los medios masivos de comunicación, se pongan al servicio de la independencia económica y el bienestar popular.
Del mismo modo, queda cada vez más claramente plasmado en los hechos que las burguesías rentistas y renegociadoras que han protagonizado los primeros años del Siglo XXI en diversos gobiernos sudamericanos -de las cuales la experiencia venezolana es su expresión más avanzada-, están incapacitadas para dirigir exitosamente los procesos de liberación nacional y social que urgen a los pueblos de la región. Esta tarea sigue estando reservada a la clase trabajadora junto al resto del pueblo oprimido, únicos enemigos a muerte del imperialismo y los monopolios, por lo tanto genuinos interesados en la revolución, la liberación y el socialismo.
Se impone la necesidad de balancear los procesos que, como el de Venezuela (o Ecuador y Bolivia), surgidos de rebeliones populares de diverso calibre y con variada composición de clase, han despertado las ansias emancipatorias de muchos pueblos de la región, pero que, carentes de una dirección consecuentemente revolucionaria, hoy se encuentran a la deriva o en franco retroceso (en este sentido, por el momento sólo Bolivia parece no estar en declive).
Recorren el continente balances reflujistas y liquidadores que no se corresponden con la realidad. Ni a nivel regional, ni a nivel local (incluida Venezuela), el declive de estos gobiernos tiene origen en una derrota del movimiento de masas frente a los planes del imperialismo y sus socios. Las razones de que estos modelos “progresistas” estén encontrando su fecha de vencimiento hay que buscarlas en las bases materiales, en los límites ideológicos que derivan de la matriz de clase de sus proyectos, antes que en el ánimo de las masas o en la previsible voluntad de dar batalla del imperialismo.
Del balance de estas experiencias y el intercambio entre organizaciones políticas revolucionarias de la región dependerá la posibilidad de alumbrar, junto con nuevas oleadas de rebeliones obreras y populares que no se harán esperar, una alternativa de poder antimperialista y revolucionario que le dispute la dirección de estos movimientos tanto al reformismo burgués como al parlamentarismo de izquierda.
Desde ya confiamos en las reservas y fuerzas revolucionarias de aquel país, y convocamos a los trabajadores y el pueblo argentinos, como un deber de solidaridad internacionalista, a estar alertas y movilizarnos frente a cualquier intento de golpe, desestabilización o intervención militar en Venezuela.

Comparación de datos
electorales 2013-2015
Elecciones presidenciales 2013
Nicolás Maduro: 7.575.506 votos
Henrique Capriles: 7.302.641 votos
Diferencia: 272.865 votos. (A favor de Nicolás Maduro)
Elecciones Parlamentarias 2015
MUD: 7.726.066
GPP: 5.578.834
Diferencia: 2.147.232 (A favor de la MUD)
Participación de electores
2013: 15.057.480 (79.68%)
2015: 14.476.000 (74.25%)
Diferencia: -581.480 (-5.43%)
Leo Funes

Publicado en: 
Sábado, Diciembre 19, 2015 - 17:00

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