Tenaz resistencia de los trabajadores

Miércoles, 15. Junio 2016

La clase obrera francesa está dando una gran batalla contra la reforma laboral que impulsa el gobierno “socialdemócrata” de Hollande y Valls. La reforma en cuestión busca flexibilizar la jornada laboral vigente de 35 horas semanales. El planteo consiste en mantener las 35 horas, pero que las empresas organicen calendarios alternativos en temporada alta, para ampliar los turnos a 48 horas semanales y 12 horas al día, sin el pago de horas extras, sino a cambio de más horas de descanso. Se simplifica y facilita el procedimiento de despido (una caída en las ventas o la pérdida de un negocio funcionarían como razones válidas para despedir personal). Las patronales, además, tendrían el derecho de negociar el pago de las horas extras directamente con los empleados en forma individual. Una reforma estructural del mercado laboral que reduzca los “costos”, con largos períodos “de prueba” para los jóvenes, bajos salarios, extensión de la jornada laboral, jubilaciones de miseria y, la casi eliminación de la negociación colectiva con los sindicatos por rama o industria.  La principal concesión del Gobierno, luego de toparse con un rechazo contundente al proyecto, fue la de renunciar al tope que imponía a las indemnizaciones por despido. 

Presentada, como suele suceder en estos casos, bajo el discurso de “combatir el desempleo” la reforma busca, como en toda Europa, mantener la competitividad de la economía francesa en plena crisis, descargando los costos sobre los trabajadores, con despidos en masa y precarización de las condiciones de trabajo. Una reforma promonopólica y antiobrera, que va en la línea de las reformas que la Unión Europea impulsa en todo el continente desde hace años y que en Francia se ha demorado más de lo esperado, debido a la férrea resistencia obrera.

El 31 de marzo, cuando iba a entrar el proyecto de ley al Parlamento, las manifestaciones en toda Francia reunieron a más de un millón de personas, donde se destacaron los sindicatos y las organizaciones estudiantiles. Desde entonces, las protestas no han cesado. Se generalizan y radicalizan. Frente a las modificaciones que el Gobierno de François Hollande aplicó al proyecto de ley para evitar el rechazo pleno ante el Parlamento, la movilización masiva exige que caiga por completo el proyecto.

Mientras tanto, la popularidad de Hollande, a un año de las elecciones presidenciales, está por el piso.

Huelgas ferroviarias, de los trabajadores de las refinerías, los recolectores de la basura, los pilotos de Air France, los camioneros, los trabajadores de las centrales nucleares, varios sectores privados como la fábrica de submarinos nucleares DCNS, el grupo Peugeot entre otras empresas, han estado endureciendo las medidas de lucha y confluyen en las calles, donde son cada vez más frecuentes los choques con la policía. La paralización de los puertos y de las ramas del transporte hizo temblar al Primer Ministro Manuel Valls. 

Francia es uno de los pocos países de Europa en donde las reformas neoliberales no se lograron imponer, al menos en la medida que procuraron sus impulsores. La primera gran batalla se dio en 1995, con gigantescas huelgas en el sector público contra una reforma de la seguridad social impulsada por el derechista Alain Juppé. Este fue uno de los primeros antecedentes victoriosos para la clase obrera europea en este período histórico, que había arrancado con la brutal derrota impuesta por Thatcher contra los mineros ingleses en 1984. El freno que los trabajadores franceses le provocaron a la avanzada neoliberal fue uno de los parteros del movimiento antiglobalización que recorriera el viejo continente desde la segunda mitad de los 90. Permitió también que en Francia subsistiera un sector público de proporciones, fenómeno que resulta una rareza para buena parte del resto de Europa. Es quizás la clase obrera mejor probada en la lucha la que vuelve a ser puesta a prueba por su burguesía imperialista, y nuevamente a manos de la “socialdemocracia”. Los casi tres meses de movilización constante y creciente, actúan como una prueba irrefutable de la capacidad de la clase trabajadora para paralizar el país, ostentando los principales resortes de la producción, el transporte y la energía en la quinta potencia económica a nivel mundial. Así, queda demostrado que hay musculatura suficiente para ganar la pulseada en curso. Lo que se abre al mismo tiempo es el interrogante acerca de la capacidad de dotar al movimiento anti reforma de una orientación política que, además de abortar la ofensiva del gran capital, plantee la necesidad de un nuevo orden social de la mano de un poder verdaderamente popular dirigido por los trabajadores.

El contundente repudio popular fracturó al oficialismo conformado por socialistas, ecologistas y el llamado Frente de Izquierda. El gobierno, sin el apoyo parlamentario necesario para aprobar el proyecto, y recurriendo a un artilugio constitucional, impulsó la ley sin una votación en la Asamblea Nacional (la Cámara baja) antes de que la discuta el Senado. Esto profundizó el rechazo general y alimentó una jornada de movilización general en todas las grandes ciudades francesas convocada por las siete centrales sindicales para el 14 de junio, día en que el Senado empieza a debatir el proyecto. Con la popularidad del gobierno “socialista” por el piso, los que están en mejores condiciones de recoger los frutos del descontento social son los derechistas y filo-fascistas del Frente Nacional. El tercero en discordia, aún ausente, no es otro que la revolución. Francia, otrora laboratorio revolucionario de Europa, vanguardia obrera y popular en los siglos XVIII y XIX, tiene una nueva cita con la historia, y la encuentra combatiendo en las calles.

Leo Funes

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Miércoles, Junio 15, 2016 - 00:30

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