20 años del Puente Pueyrredón

Martes, 14. Junio 2022

En la memoria de la lucha popular, mencionar “Puente Pueyrredón”, sin más detalles, es hacer referencia a la jornada del 26 de Junio de 2002, en donde las organizaciones piqueteras encabezadas por la Asamblea Nacional de Trabajadores enfrentaron la represión del gobierno de Duhalde. Es también recordar a los compañeros Darío Santillán y Maxi Kostecki, caídos aquel día bajo las balas de la Bonaerense. 

La jornada del 26 de Junio fue convocada por la Asamblea Nacional de Trabajadores. La ANT, integrada por las agrupaciones piqueteras combativas, se había templado al calor de la rebelión popular del 20 de diciembre de 2001. Nuestro partido participaba en ella a través de la CUBa-MTR. 

Por esos días, el país era gobernado por Eduardo Duhalde, jefe del PJ ungido por la asamblea legislativa luego del rápido fracaso de Adolfo Rodríguez Saa, tras la caída de De la Rúa. En medio del caos, con más de la mitad de la población del país bajo la línea de pobreza, la actividad económica prácticamente frenada, el salvataje a los bancos -principales beneficiarios y responsables de la crisis-, una preocupación muy grande del gobierno era asestarle a la lucha popular un golpe de gracia que la hiciera retroceder, premisa para restablecer el orden en función de los intereses de las grandes patronales.  Con la crisis en pleno desarrollo, la salida a la misma era un tema que estaba abierto.

En ese marco político, la ANT que sesionó el 22 y el 23 de junio de 2002 en Avellaneda votó un plan de lucha consistente en cortar todos los accesos a la Capital Federal el miércoles 26 de junio. 

Con más de 1.000 delegados de 15 provincias del país, la ANT expresaba por esos días a través de su resolución política, el camino que la lucha del pueblo se empeñaba en abrir desde aquél 19 y 20 de diciembre: Nuestro partido escribía en no transar: “La cuestión del poder está a la orden del día. Esta asamblea se propone la tarea de construir una salida clasista de los trabajadores y el pueblo, reforzando la evolución de las organizaciones que son herramienta para esa lucha por el poder que lleve a una nueva rebelión popular para alumbrar definitivamente el nuevo movimiento histórico que acabará con la explotación del hombre por el hombre”. 

Los días previos fueron de extrema tensión. Aníbal Fernández, en ese entonces secretario general de la Presidencia, actuó como vocero del gobierno al salir por los medios advirtiendo que el plan de lucha sería reprimido. Una reunión de gobernadores del PJ había dado aval político a Duhalde para enfrentar el desafío piquetero con los medios a su alcance. El enfrentamiento estaba planteado.

La mañana del 26 miles de compañeros de los distintos movimientos de trabajadores desocupados, junto a otras organizaciones obreras y populares, fueron llegando a los puntos de acceso a la Capital, aunque el ojo de la tormenta era el Puente Pueyrredón. Al llegar las columnas por las dos avenidas principales que confluyen en el puente, una provocación policial desató el enfrentamiento. Los manifestantes enfrentaron valientemente, con palos y gomeras, pero también levantando barricadas, una represión feroz de la Federal, la Bonarense y Gendarmería, con policías de civil, francotiradores y balas de plomo. El enfrentamiento fue desproporcionado, y en la retirada fueron cobardemente asesinados Santillán y Kostecki. Los detenidos se contaron por cientos.

A renglón seguido, se difundió la versión de la policía y el gobierno: los piqueteros se mataron entre ellos. Las fotografías publicadas al día siguiente desbarataron la maniobra y condenaron al comisario Franchioti. La imponente movilización el mismo 26 por el centro porteño le cerró el paso a la salida represiva pergeñada por Duhalde, quien debió adelantar el llamado a elecciones, en un clima de repudio generalizado.

A partir de allí, fueron constantes los aprietes de las patotas de las intendencias en las asambleas populares de la provincia, cerrado el trato de impunidad mediática, con manifestaciones de miles de personas por toda la capital sin que haya registro alguno por parte de los noticieros televisivos, (uno de los primeros antecedentes desde el fin de la dictadura) el supuesto manejo del aparato bonaerense para enfrentar a pobres contra pobres, los sindicatos en estado de colaboración lastimosa, la U.I.A. de de Mendiguren en el Ministerio de la Producción, fueron los factores principales que hicieron creer que podían poner en caja los reclamos de las organizaciones populares.

El 26 de Junio cristalizó una correlación de fuerzas. Los de arriba tuvieron que retroceder en su intento de derrotar por la fuerza al campo popular; los de abajo le pusieron un freno al proyecto represivo, pero no estaban en condiciones de imponer uno propio. Se abría una situación en la que los de arriba buscarían gobernar sobre la base de ciertas concesiones, atentos a los límites que la lucha popular les planteaba. En otras palabras, cambiar algo para que nada cambie, o al aunque sea cambie lo menos posible: no se terminó con el poder de los monopolios y las multinacionales, pero tampoco fue posible asestarle un golpe de derrota al movimiento de masas. Con los flujos y reflujos propios de los 20 años transcurridos, se trata de una premisa que aun permanece vigente, y que con los matices de cada caso, los distintos gobiernos se han dedicado a administrar. 

Lo más recalcitrante del elenco político sueña con destrabar de una vez esta situación. De nuestra parte hacemos lo propio, pero en sentido inverso. Si hoy le rendimos homenaje al “Puente Pueyrredón” y a sus caídos, es para seguir luchando por un proyecto popular que, con los trabajadores al frente, barra con el poder de los monopolios y las multinacionales y los remplace por un poder revolucionario de los de abajo. En ese camino el movimiento piquetero aun no ha escrito su última página, y 20 años después se sigue plantando en la escena nacional. 

Facundo Palacios

Martes, Junio 14, 2022 - 00:00

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